“Solo Dios y los tontos no cambian”, reza un viejo adagio. La familia del fútbol tiene buenas intenciones, pero debemos reconocer equivocaciones. No sólo de los futbolistas, sino de los otros cuatro estamentos que componemos este núcleo. Primero, los dirigentes por su incapacidad de generar empresas de éxito. No sincerar su economía y vivir presionados por deudas impagables. Arbitros sin personalidad para conducir a 22 hombres que reclaman justicia. Entrenadores apañando indisciplinas y con falta de capacitación. Y los periodistas porque nos enamoramos desmedidamente de un personaje y al poco tiempo lo transformamos de héroe a villano.
Si no tomamos conciencia, de nada sirve encarar un nuevo proyecto. Experiencia es la suma de nuestros errores. Perdimos el tiempo en discusiones dando tribuna a incendiarios. El objetivo es el bienestar de nuestro viejo y querido fútbol. No pretendamos creer que clasificar a un Mundial soluciona nuestra crisis. Sólo sería un simple maquillaje o globo mediático que se desinflará cuando pisemos tierra.
El resurgimiento debe empezar haciéndole entender a nuestros estadistas que no basta reformar un estadio, premiar a deportistas en Palacio o pedir a la FIFA la organización de un Mundial. El tema es más complejo. La reestructura empieza haciendo un diagnóstico y saber por dónde empezar. La esperanza de un país está en la juventud y en nuestros niños.
Se reconstruyen colegios nacionales y no se hace educación física. Por eso hay niños descoordinados que cuando son mayores no sienten el deporte como esencia. Por todo eso deben responder desde Fujimori, pasando por Toledo hasta llegar a Alan García. Lo que prometieron en sus discursos, jamás lo cumplieron. Para ellos el deporte fue la última rueda del coche.
Hace 28 años no vamos al Mundial. El maquillaje empezó en el 89 cuando trajimos al brasileño Pepe. Le faltó caracter para la conducción. Lo reemplazó Company y casi envenenan con salmonella a toda una selección. Trajimos al yugoslavo Popovic y huyó cuando el Congreso descubrió su sueldo. Apareció Oblitas y no supo resolver el Caso Miramar. Le dimos el buzo al romántico Maturana y no pudo con su adicción de frecuentar un hipódromo en lugar de ir a los estadios. Confiamos en Uribe y se equivocó yendo a tomar una Inka Kola en hora inapropiada a una discoteca de Japón. Autuori era demasiado circunspecto para un país que se ríe de sus dramas. Ternero se emocionó y agarró un fierro caliente por sólo seis partidos. Y finalmente “Chemo” que, según sus propias palabras, la selección fue un postgrado para su carrera como técnico. Le faltó experiencia en un torneo tan difícil como las Eliminatorias. Y ahora está con nosotros Markarián. Dios lo ampare.